Que no llegaron a punzarme los suspiros. Que no se me vaciaron todos los vasos y hundido todas las aguas de vidrio. Que te fuiste como si nunca hubieras estado aquí, donde ya casi no era París, entre paredes y sábanas, sonriendo y desbarantándome la cinta policial de mi espacio lunar. Como si nada.
Que no te encontré nunca por casualidad en los lomos de los libros y que nunca, nunca, jamás corrí entre renglones a buscarte la mirada en la descripción de algún escritor con la misma suerte y miseria que yo. Con la misma desgracia de haberse arañado en unos ojos y haber perdido el camino de vuelta a la casilla de salida.
Me gustaría contarte que nunca utilicé tus pestañas como contabilidad b de rebaño para no ver, si de una vez, volvía a anochecer.
Me gustaría contarte.
A pulgadas.
Una, dos, tres, cuatro...
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