Ábaco

Me gustaría contarte que me fue fácil. Que te sobreviví. Para contarlo.
Que no llegaron a punzarme los suspiros. Que no se me vaciaron todos los vasos y hundido todas las aguas de vidrio. Que te fuiste como si nunca hubieras estado aquí, donde ya casi no era París, entre paredes y sábanas, sonriendo y desbarantándome la cinta policial de mi espacio lunar. Como si nada.
Que no te encontré nunca por casualidad en los lomos de los libros y que nunca, nunca, jamás corrí entre renglones a buscarte la mirada en la descripción de algún escritor con la misma suerte y miseria que yo. Con la misma desgracia de haberse arañado en unos ojos y haber perdido el camino de vuelta a la casilla de salida.
Me gustaría contarte que nunca utilicé tus pestañas como contabilidad b de rebaño para no ver, si de una vez, volvía a anochecer.

Me gustaría contarte.
A pulgadas.
Una, dos, tres, cuatro...


                            

Cesárea con tarjeta de embarque

Tengo la manía de nacer sólo en 14.
Lo hice en noviembre del 92.
Y también aquel 14 de septiembre, veinte años después.


El nudo crónico me desbordaba el estómago alcanzándome los lagrimales.
Con los pañuelos aún empapados de despedidas, con todas las dudas y sus miedos arañando las cremalleras de dos maletas, pero con ese paso acompasado e imperturbable de los suicidas sobre el mármol de la T4. Con ese código instintivo (sin lugar a dudas suicida también) que nos lleva a asomarnos al mundo por primera vez.



Me pilló desprevenida.
Como a todos, supongo.
Las expectativas no entienden de París.
A París nunca se le espera como al final resulta siendo.

Me llenó de precipicios las estanterías sin existencias.
Me empujó a todos y cada uno de ellos,
dejándome el aliento justo
para balbucear el guión de improvisaciones.
Y es que el Sena aprieta pero no ahoga.

Me vistió de primavera los inviernos
y escondió recortes de enero
en cada hache intercalada.

Suspendió la velocidad entre el humo de las colillas
que resistían el asalto de una penúltima calada,
que se desprendían de las tripas tras el aguijón.
Me cambió la Gare de Lyon por las afueras
para tomar la Bastilla de mis finales con oxígeno
y me firmó el epílogo de días que morían al amanecer.


Hoy, un año después.
Hoy, sigo cogiendo aire.
Hoy, que todos los latidos son los de después,

¿Después?

Después de París todo es un lánguido y torpe despertar.
La vida después de la vida.

Siempre ya, después.



A París, a pesar de su lluvia perpetua, de sus tenderos sórdidos y la de la grosería homérica de sus cocheros, había de recordarla siempre como la ciudad más hermosa del mundo, no porque en realidad lo fuera o no lo fuera, sino porque se quedó vinculada a la nostalgia de mis años más felices.


                                                          Gabriel García Márquez

Mi enésima última vez.

No voy a culparte de la vacuidad de mis atardeceres.
Ni de los aranceles de tus corrientes sin aire caliente.

No voy a dejarte entrar cada tarde a las ocho menos diez.
Ni al agitado bucle de un reloj sin manecillas.
Ni a la inercia de una maquinaria sin aliento de pila y sentido.

No voy a asomarme más a estos renglones,
porque esta es la última vez que me recojo las rodillas
y que nos contradigo para que vuelvas a sonreírme desde abril.

La última, (te) lo juro, que congelo el oxígeno que nos faltó en aquella sala de fumadores.
Y el de todos los subsuelos que fuimos.

¿Te acuerdas?

Que nunca tuvimos demasiado sentido en la superficie.
Que el cuerpo nunca nos pidió respirar.

No voy a revibrarme en tus manos
y mucho menos a retorcerme en tu luz de pestañas.
En tu alud de entrañas.

Parpadeábamos y volvías a indolernos,
a volvernos agua de borrajas.
Descarte de baraja.

Pero qué más me daba que fueras a atracarme todas las carcajadas
a garganta de navaja
si sólo tú conseguiste desnudarme París.

Nunca escribas sobre un lugar hasta que estés lejos de él

También he visto de verdad París. Aunque haga años que ya no vivo en esa ciudad, tengo siempre la sensación de continuar estando allí.

A casi dos meses de haberla abandonado, sigo echando de menos París. Y supongo que a prescindir de ella uno no se acostumbra nunca. A París siempre se la echa de menos entre otras cosas porque siempre esta ahí.

Mucho me temo que Hemingway llevaba razón cuando decía que después de vivir en París de joven, te acompaña vayas donde vayas, (atención) todo el resto de tu vida.

Es especialmente difícil echar de menos cuando ya no sabes si ocurrió de verdad o fue todo un sueño. Si soñaste tanto como parece o apenas tenías tiempo mientras se te desgarraban las suelas de los zapatos. O si es que ya el tiempo ha cubierto de niebla los recuerdos o tan solo se trata de un efecto estético.

Piensen cuáles pueden ser las razones básicas para la desesperación. [...] Les propongo las mías: la volubilidad del amor, la fragilidad de nuestro cuerpo, la abrumadora mezquindad que domina la vida social, la trágica soledad en la que en el fondo vivimos todos, los reveses de la amistad, la monotonía e insensibilidad que trae aparejada la costumbre de vivir.

Al otro lado de la balanza, encontramos París. 


Es aún más difícil tener que aparentar normalidad. Hacer como que no ha pasado nada. Hacer como que París es inocua y no cambia. Cuando casi te ha cambiado el grupo sanguíneo.
Hacer como si nunca se me hubiera encogido el estómago de ficción palpable. Como si no hubiese podido subir otras 348 millones de veces la rue Soufflot sin que fuese suficiente. Como si no me hubiera sobrado el paraguas todas las tardes de lluvia. Como si el 42 del Boulevard du Temple no me hubiera desordenado todas las costuras. Como si no hubiera podido morir de vieja viendo la vida pasar en cualquiera de las sillas verdes de los Jardines de Luxemburgo. De las reclinadas, eso sí. Como si mi arteria aorta no se hubiese convertido en el boulevard Saint Germain.
Como si yo tampoco me hubiera exiliado al Quarter Latin.



Me gusta mucho en esta ciudad pasar por un sitio que no he visto hace tiempo. Pero también lo contrario: pasar por uno por el que acabo de pasar. Me gusta tanto lo que hay en París que la ciudad no se me acaba nunca.



Como si no me hubiera perdido casi todas las veces que salía a encontrar algo y me hubiera importado un pimiento. Como si la mejor suerte de París no fuese perderse y dejar que te llevara ella con manos y ojos vendados. Como si la mejor suerte del siglo XXI no fuera precisamente lograr perderse.
Como si no hubiese sido maravilloso haber vivido en una ciudad en la que no hace falta poner ningún mandado como excusa para salir a pasear. Una ciudad en la que si no te ha asaltado alguna cursilada el cerebro en cualquiera de sus calles es que probablemente no tengas ni siquiera agua sucia en las venas. O que seas belga.



Llegar a todo aquel nuevo mundo de literatura, con tiempo para leer en una ciudad como París, era como si a uno le regalaran un gran tesoro.


Como si no me hubiese desparasitado de números tras dos años de carrera y hubiese vuelto a escribir tomándome el pulso en las sienes del estómago.  Como si no me hubiera chutado sin moderación alguna todo el encanto que guardan las calles a las espaldas de Notre Dame. Como si no se hubiese convertido en mi kilómetro cero. Como si por muy imposible que fuera o pareciese solo tenías que confiar en su infinita magia para que sucediera. Como si soñar no hubiese dejado de ser de una estupidez.



La nostalgia de un lugar sólo enriquece mientras se conserva como nostalgia, pero su recuperación significa la muerte.


Como si el oro no se hubiera despojado de su chabacanería en la cúpula de Invalides y el pont de Alexandre III. Como si todos los problemas no hubieran desaparecido en el primer bocado a un pain au chocolat y no hubiese tenido que reprimir los gemidos con los macarons de vainilla. Como si cualquier comentario que pudieras hacer en un atardecer, no era desmerecerlo y lo único que a lo que podías limitarte no fuera a suspirar.
Imaginaos cómo es si los modales de los parisinos al final termina siendo lo de menos. Y porque como son en francés joden un poquito menos. Sí, eso también.



Aprendió a pensar pero no supo ya volar, porque había perdido el amor al vuelo y no hacía más que recordar los tiempos en los que volaba sin esfuerzo.


"Es que he vivido en París" como excusa para que nada te parezca lo suficientemente especial. Como legitimidad para confirmarle a todos los que osen preguntarte que París es, efectivamente, todo lo que le han contado. Y más. Mucho más. Tanto, que es infinita.

Me voy a fingir que nada de esto ocurrió. Me voy a hacer como que no se me cae el alma a los pies cuando al mirar al último piso de los edificios no encuentro buhardillas.
Que John Ashbery exageraba cuando decía que después de vivir en París, uno queda incapacitado para vivir en cualquier lugar, incluído París.
Que he dejado ya de echar de menos. Y a París, también.

Pero como resulta que todo se acaba, todo menos París, no tardaré en volver.

Aquí, por supuesto. A quejarme de lo mucho que París te acompaña vayas donde vayas (atención) todo el resto de tu vida.





París no volvería nunca a ser igual, aunque seguía siendo París, y uno cambiaba a medida que cambiaba la ciudad. (…)
París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importarnos lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí. París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a cambio de lo que allí dejaba.